La transparencia no se agota en hablar mucho. A veces, incluso, hablar demasiado puede ser una forma eficaz de no decir lo importante. Y en tiempos donde la saturación informativa convive con una creciente dificultad para distinguir lo relevante de lo accesorio, esa distinción se vuelve imprescindible.
Quizás, entonces, la pregunta correcta no sea por qué el Gobierno comunica mal. Quizás la pregunta —más incómoda, pero también más necesaria— sea si estamos siendo conducidos, consciente o inconscientemente, a discutir lo que menos importa. Porque si eso es así, el problema ya no es solo del Gobierno.
Es, también, de todos nosotros.