Ese es el dilema que ha llevado a distintos gobiernos —de distintos signos políticos— a aplicar mecanismos de regularización parcial o permanencia temporal. La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué ocurrirá con los cientos de miles de migrantes irregulares que ya viven en nuestro país? Las primeras señales indican que muchos permanecerán en nuestro territorio nacional, bajo distintas fórmulas administrativas.
Si ese es el camino —como ha ocurrido en prácticamente todos los países que enfrentan fenómenos migratorios similares— el debate deberá darse con honestidad. El problema migratorio en Chile no es solo una cuestión de frontera. Es también un problema de crimen organizado.
Durante los últimos años, bandas transnacionales han aprovechado los flujos migratorios para instalar redes de tráfico de personas, narcotráfico, extorsión y otros delitos. Combatir esas organizaciones requiere algo mucho más complejo que una zanja o una reja: se necesita inteligencia policial, cooperación internacional y persecución penal efectiva. Pero también requiere que el Estado vuelva a estar presente en territorios que durante años han sido abandonados.
Que las policías recuperen presencia en barrios y poblaciones donde hoy las bandas criminales han logrado instalarse. Chile necesita recuperar el control de sus fronteras. Pero también necesita una política migratoria seria, capaz de distinguir entre quienes buscan integrarse al país y quienes utilizan el territorio nacional para actividades criminales.
De lo contrario, el riesgo estará en que la política pública termine subordinada a la lógica de los gestos simbólicos, mientras los problemas estructurales del país continúan sin resolverse. Las zanjas pueden ser una señal de control territorial, pero el verdadero desafío del Estado chileno no está solo en la frontera. Está en construir una política migratoria que combine seguridad, institucionalidad y cooperación internacional, sin caer en la ilusión de que un problema complejo puede resolverse con una sola imagen poderosa en el paisaje del altiplano.
La zanja es una señal política, pero el gran desafío migratorio de Chile está dentro de su territorio y no en la frontera.