Hay formas de protestar en Chile. Algunas más tradicionales, otras más creativas. Y luego está la de responder con recetas.
Cuando Adam Levine, líder de Maroon 5, generó el enojo de los chilenos tras su paso por el Festival de Viña del Mar, las redes sociales no se llenaron de insultos, sino de comida: una avalancha de sopaipillas, humitas y guisos que, más allá del humor, reveló algo esencial. Como si, frente a la molestia, el país eligiera recordarse a sí mismo desde su cocina. Un manifiesto culinario improvisado que, entre ironía y orgullo, muestra que, en Chile, la comida también es una forma de decir quiénes somos.
Porque aquí la cocina nunca ha sido solo comida. Ha sido refugio, transmisión cultural, identidad, orgullo. Por eso cada 15 de abril, el Día de la Cocina Chilena no solo invita a celebrar platos tradicionales, sino a entender la historia del país a través de lo que se sirve en la mesa.
Nuestra raíz y geografía Pocos países tienen una geografía tan determinante en su cocina como Chile. Una larga franja de tierra, atravesada por cordillera, mar, desierto y bosques, que configura una despensa diversa y única. “Tenemos una larga franja de tierra, y ni hablar del mar.
Son kilómetros de riqueza que están ahí, disponibles”, dice el elogiado chef Claudio Úbeda, que lleva años rescatando los sabores chilenos y hoy encabeza Prístino. “Todo eso es parte de nuestro patrimonio cultural y alimentario, y hay que valorarlo como tal”. Desde los productos andinos del norte hasta la despensa marina del sur, pasando por los valles agrícolas del centro, la cocina chilena es, en esencia, territorial.
Antes de convertirse en tendencia, la cocina chilena fue un gesto cotidiano. Una práctica doméstica que no se enseñaba en escuelas ni se registraba en libros, sino que se transmitía de generación en generación. En esa transmisión —muchas veces silenciosa y principalmente femenina— se construyó gran parte del patrimonio culinario del país.
Úbeda comenta que “la cocina chilena muestra nuestra raíz, muestra un Chile comestible que no todos estamos conscientes de que existe, y que tampoco valoramos en el día a día”. Ese “Chile comestible” al que alude no es abstracto. Está en platos concretos: cazuelas, charquicán, porotos, humitas.
Contar el país desde la comida A diferencia de otras gastronomías latinoamericanas, la chilena no logró instalarse tempranamente como símbolo de identidad país. Las razones son múltiples: su carácter doméstico, la falta de relato gastronómico, la distancia histórica entre alta cocina y cocina tradicional. El resultado fue una paradoja: una gastronomía rica, diversa y profundamente identitaria, pero poco valorada incluso por quienes la consumían.
“No estamos conscientes de lo que tenemos”, insiste Úbeda. Hoy, esa percepción comienza a cambiar. Y en ese proceso, los cocineros han asumido un rol activo.
Para el chef Eugenio Melo, director del Centro de Innovación Gastronómica Inacap y presidente consejero de Les Toques Blanches, la cocina chilena es una herramienta narrativa: “Para nosotros hay un rol innato de ser promotores de la cocina chilena. Es una oportunidad para difundir nuestro patrimonio y generar orgullo por lo que tenemos”. Pero su mirada va más allá del oficio: “La cocina chilena es una forma amigable, cariñosa y afectiva de contar la historia de cómo estamos construidos como país”.
Y es que la cocina no solo alimenta, también explica quiénes somos. “Se dice que somos lo que comemos, y culturalmente es así. Lo que ponemos en la mesa rinde tributo a nuestra historia, a nuestras influencias y a nuestra gente”, agrega.
Sabores que alimentan el alma En un contexto actual donde los productos ultraprocesados dominan la alimentación cotidiana, las recetas tradicionales aparecen como una alternativa saludable. Legumbres, verduras, cereales, pescados y carnes frescas coinciden con las nuevas recomendaciones alimentarias de priorizar alimentos reales, reducir productos envasados y volver a cocinar en casa. Pero además, durante los meses fríos, la cocina chilena revela el hogar con caldos, sopas y guisos que generan bienestar emocional.
En ese sentido, nuestra gastronomía no solo responde a necesidades biológicas, sino también afectivas. A pesar de su creciente visibilidad, la cocina chilena sigue teniendo un centro claro: el hogar. “La cocina chilena no le pertenece a los cocineros, le pertenece a la gente”, afirma Melo.
“Sucede principalmente en las casas, en una transmisión cultural de madre a hija, de padre a hijo. Nosotros solo interpretamos esa sabiduría popular”. Es ahí donde se mantiene viva, lejos de las tendencias, sostenida por la repetición cotidiana.
Gastronomía como experiencia país En los últimos años, la cocina también ha comenzado a posicionarse como un motor de desarrollo. “Es una forma de capturar la atención de los turistas. Pueden olvidar muchas cosas, pero lo que comieron lo recuerdan por mucho tiempo”, señala Melo.
Nuevas generaciones de cocineros están reinterpretando recetas, incorporando técnicas contemporáneas y adaptando formatos sin romper el vínculo con el origen. “Creo que vamos en camino a construir una marca país fuerte, como lo hizo Perú. Hoy hay más conciencia y más cocineros valorando nuestros productos”, proyecta Úbeda.
Desde el campo hasta la mesa, cada ingrediente es resultado de un sistema humano y territorial que muchas veces permanece oculto. “Cuando valoramos la cocina chilena, también estamos valorando a los productores, pescadores, recolectores, al mundo agrícola y pesquero. A toda esa gente que forma parte de la cadena de valor”, explica Melo.
“Muy pronto vamos a lograr mostrar con más propiedad nuestra cocina chilena al mundo”, dice Úbeda. Pero antes de mostrarla afuera, parece necesario reconocerla hacia adentro. Porque en cada plato —en su historia, en su sabor, en su origen— hay algo más que comida.
Hay identidad. La gastronomía se convierte así en una puerta de entrada a la cultura, en una experiencia que construye memoria y posiciona al país. Y quizás, también, impulsa el futuro.