El Día de la Madre es mucho más que una celebración. Es una oportunidad para expresar amor, reconocimiento y admiración hacia quienes han hecho del sacrificio cotidiano un acto de amor permanente. Una madre enseña, protege, orienta, perdona y acompaña.
Su fortaleza no necesita discursos grandilocuentes: se manifiesta en cada amanecer anticipado, en cada jornada extendida, en cada gesto silencioso que sostiene a los suyos. No existe fórmula capaz de medir todo lo que una madre entrega. Gracias a ellas somos lo que somos.
En su esencia convergen elegancia y firmeza, ternura y disciplina, sensibilidad y valentía. Son, sin duda, una de las expresiones más extraordinarias de la naturaleza humana. Hoy también queremos recordar a aquellas madres que ya no están físicamente con nosotros, pero cuya enseñanza sigue viva en cada paso que damos.
Su legado permanece como faro y guía. Al mismo tiempo, no podemos abstraernos del difícil escenario que atraviesa Correos de Chile. Las desvinculaciones que han afectado a numerosas trabajadoras, muchas de ellas madres, representan decisiones dolorosas que rechazamos con firmeza.
Resulta injusto trasladar a trabajadoras y trabajadores de nivel intermedio las consecuencias de errores administrativos gestados durante años por quienes sí tuvieron poder de decisión. Hacemos un llamado claro a quienes hoy administran esta histórica empresa estatal, con más de 278 años de existencia, a poner fin a los despidos y asumir con responsabilidad el desafío de reconstruir una gestión eficiente y visionaria. Despedir trabajadoras y trabajadores jamás resolverá los problemas estructurales.
Solo genera incertidumbre, temor y un daño profundo al capital humano que durante décadas sostuvo la credibilidad de Correos de Chile. En este 10 de mayo, rendimos homenaje a todas las madres del mundo, a nuestras madres, a nuestras colegas, a nuestras amigas y a aquellas que viven eternamente en nuestro recuerdo. Hoy celebramos a la mujer que, antes del amanecer, ya está de pie organizando la vida de su familia y que luego cumple con excelencia su jornada laboral para regresar a continuar otra, igualmente exigente y silenciosa.
A todas ellas, gracias infinitas. Porque son la fuerza serena que mueve al mundo; el motor invisible que sostiene la vida; el amor que jamás deja de acompañarnos. Su existencia y enseñanza serán siempre el faro que iluminará nuestro camino.