Señor director: Chile concentra el 15% de los data centers en América Latina. Hoy el país se posiciona como hub digital regional y, sin embargo, las polémicas en torno al cable Chile-China Express y la aprobación ambiental del centro de datos de Amazon en Huechuraba son noticias que revelan algo que el debate público aún no logra formular con claridad: Chile es un punto activo de una red infraestructural planetaria de conexiones interdependientes que ningún actor puede administrar solo. La discusión hoy sigue atrapada en una lógica de bloques polares: soberanía versus seguridad, China versus Estados Unidos, inversión privada versus interés nacional, etc.

Esta retórica opaca lo más relevante: cables submarinos, centros de datos y puntos de intercambio conectan geografías, legislaciones, culturas y ecosistemas de formas que trascienden la noción misma de estado-nación. Son, por su naturaleza, infraestructuras compartidas que reclaman formas nuevas de democracia y diplomacia: acuerdos que pongan en el centro el acceso equitativo, la sostenibilidad ambiental y la participación de los territorios, antes que la rentabilidad privada o la rivalidad entre potencias económicas. Investigar estos objetos desde la arquitectura permite entender la urgencia de imaginar cómo queremos espacialmente conectarnos y comunicarnos con otros.

Cuando los conflictos armados vuelven a trazar fronteras en el mundo físico ¿pueden ser estas infraestructuras, que cruzan tierras, océanos y jurisdicciones sin detenerse, los nuevos espacios donde construir otras formas de diplomacia, y con ello, de democracia?