En tiempos donde el lenguaje económico parece imponerse sobre todas las dimensiones de la vida social, la cultura vuelve a ser empujada hacia un lugar incómodo: el de lo prescindible. Se habla de ajustes, de recortes, de eficiencia. Pero cuando se toca la cultura, no se está recortando un gasto cualquiera.
Se está interviniendo en el espacio donde una comunidad construye sentido, donde proyecta sus sueños y donde ensaya las formas de su futuro. La cultura ha sido siempre el modo en que los pueblos se presentan al mundo y, al mismo tiempo, la forma en que se reconocen a sí mismos. No conocemos a otras naciones por sus indicadores económicos, sino por su música, su literatura, su cine, su teatro, sus imágenes.
Allí habita su memoria y su identidad. Allí también se alojan sus conflictos, sus preguntas y sus posibilidades. Pensar la cultura como un accesorio es no entender su función estructural en la vida social.
Esta idea no es nueva. Hannah Arendt advertía que la cultura es el espacio donde lo humano se hace duradero, donde la acción y el pensamiento trascienden la inmediatez. Pierre Bourdieu, por su parte, sostuvo que la cultura constituye un campo de producción simbólica que organiza las jerarquías sociales y define lo que una sociedad valora.
Desde esa perspectiva, cuando la cultura se debilita, no solo se afecta la producción artística: se desarticula el entramado simbólico que permite la convivencia. Sin embargo, en el presente, asistimos a una mirada que reduce la cultura a su dimensión económica. Se la mide en términos de rentabilidad, de retorno, de capacidad de autosustento.
Se le exige competir en el mercado como si fuese una mercancía más. Pero esta lógica es profundamente limitada. La cultura no es un producto cualquiera, porque su valor no se agota en el intercambio.
Su valor reside en su capacidad de cohesionar, de interpelar, de abrir preguntas y de ampliar horizontes. Martha Nussbaum ha insistido en que las humanidades —y con ellas la cultura— son fundamentales para la democracia. No por su rentabilidad, sino porque desarrollan la empatía, el pensamiento crítico y la imaginación moral.
Sin estos elementos, la vida democrática se empobrece, se rigidiza y pierde su capacidad de diálogo. En otras palabras, sin cultura no hay ciudadanía plena. En este contexto, la reducción del apoyo estatal a la cultura no puede leerse únicamente como una decisión administrativa.
Es una señal. Es una forma de entender el lugar que ocupa la cultura en el proyecto de país. Porque cuando el Estado se retira, lo que queda no es un espacio neutro: es un territorio donde solo sobreviven aquellas expresiones que logran adaptarse a las lógicas del mercado.
Y eso implica, inevitablemente, exclusión. El acceso a la cultura no es un privilegio, es un derecho. Un derecho que no puede quedar supeditado a la capacidad de pago ni a la lógica de la oferta y la demanda.
Las políticas culturales, cuando existen, no son un lujo: son mecanismos de equidad. Permiten que territorios alejados, comunidades marginadas y voces emergentes tengan un espacio de expresión. Permiten, en definitiva, que una sociedad se piense en su diversidad.
Chile conoce bien las consecuencias de un debilitamiento cultural. No es necesario volver a los momentos más oscuros para entender que cuando la cultura se precariza, lo que se pierde no es solo producción artística, sino memoria, reflexión y capacidad crítica. Hoy el fenómeno es distinto, más silencioso, pero no por eso menos preocupante.
No hay censura explícita, pero sí una progresiva desvalorización. No hay clausura, pero sí fragilidad. En ese escenario, resulta legítimo preguntarse desde dónde se piensa la cultura cuando se la somete a recortes.
¿Se la entiende como un bien esencial o como un gasto ajustable? ¿Se la concibe como un derecho o como un servicio? Las respuestas a estas preguntas no son técnicas, son profundamente políticas.
Una sociedad que invierte en su cultura no lo hace por ornamento, sino por convicción. Porque entiende que allí se construye el sentido de lo común. Porque sabe que el arte no solo representa la realidad, sino que la interroga y la transforma.
Porque reconoce que sin ese espacio de reflexión y creación, el desarrollo se vuelve vacío. Reducir la cultura a números es una forma de empobrecer la mirada. Es olvidar que detrás de cada obra hay una pregunta sobre lo que somos.
Y que sin esas preguntas, un país puede crecer, pero difícilmente puede comprenderse. La cultura no es gasto. Es el lugar donde un país se piensa, se discute y se proyecta.
Y cuando ese espacio se debilita, lo que está en riesgo no es una industria, sino la posibilidad misma de construir un nosotros.