Felipe Cubillos tenía un profundo espíritu marino y quizá por eso interpretaba la vida con metáforas del mar, las velas y la navegación. Uno de los ámbitos donde más utilizaba este lenguaje era la ayuda social. Tras fundar Desafío Levantemos Chile para apoyar a los afectados por el terremoto de 2010, repetía una frase que marcó a toda nuestra organización: “no basta con entregar la pesca, también hay que entregar la caña”.

Para él, la verdadera reconstrucción no consistía solo en aliviar una emergencia, sino en entregar herramientas para que las personas pudieran sostenerse por sí mismas. Con esa convicción, decidimos avanzar más allá del trabajo inmediato posterior a un desastre y acompañar a emprendedores a lo largo de todo el año. En este recorrido hemos aprendido algo fundamental: no todos los emprendedores son iguales.

Cada uno enfrenta desafíos distintos, tiene motivaciones diferentes y aporta de manera única a su entorno. Por eso, con el propósito de reconocer y visibilizar ese valor diverso, adoptamos dos conceptos inspirados en elementos esenciales de un barco y en la metáfora de navegar: la quilla y el ancla. La quilla es la pieza estructural que recorre el barco de proa a popa y actúa como su columna vertebral.

Aporta estabilidad, firmeza y dirección, aunque casi nunca se vea. De la misma manera, los Emprendedores Quilla son quienes sostienen a sus comunidades desde la resiliencia, la adaptabilidad y un liderazgo silencioso. No siempre aparecen en las fotos ni buscan reconocimiento, pero cuando llega la tormenta —una emergencia, una pérdida o una crisis económica— son ellos quienes mantienen a flote a sus familias, a sus vecinos y, muchas veces, a sus localidades completas.

Apoyarlos es multiplicar el impacto, porque representan servicio, empatía y compromiso genuino con el bien común. El ancla, por su parte, cumple otro rol esencial: fija al barco en su posición, evita que las corrientes lo arrastren y le da estabilidad cuando el mar está agitado. Los Emprendedores Ancla son aquellos que, sin buscar crecer de manera exponencial, se transforman en el principal sostén de sus familias y comunidades.

No aspiran a escalar rápido ni a construir grandes empresas; aspiran a vivir mejor, a ofrecer oportunidades a quienes dependen de ellos y a mantener en pie la estructura social en los lugares donde viven. Su contribución está en la constancia, en el arraigo y en la estabilidad que entregan. Compartir estas dos figuras —la quilla y el ancla— es una manera concreta de entender las distintas formas de emprender que existen en Chile y de diseñar apoyos más efectivos.

No todos necesitan lo mismo, ni avanzan al mismo ritmo. Algunos requieren capital y capacitación para crecer; otros necesitan redes, estabilidad o acompañamiento para sostener su rol. Reconocer estas diferencias es clave para construir comunidades más fuertes y para impulsar un desarrollo inclusivo y sostenido.

Porque al final del día, todos navegamos en el mismo mar. Y si entendemos quiénes son nuestras quillas y quiénes son nuestras anclas, podremos apoyar mejor a quienes sostienen silenciosamente a Chile, permitiendo que cada persona —y cada comunidad— avance con más fuerza, dignidad y esperanza.