Ahí aparece la demagogia. No como insulto fácil, sino como categoría política. La demagogia consiste en ofrecer soluciones simples, inmediatas y emocionalmente eficaces frente a problemas que requieren institucionalidad, recursos, procedimientos, coordinación internacional y respeto por derechos fundamentales.

En este caso, la consigna era clara: mano dura, expulsión masiva y efecto inmediato. La explicación posterior es otra: no era literal, era una figura retórica. Dicho de otro modo: lo que en campaña funcionó como compromiso, en el gobierno aparece como recurso expresivo.

Lo que antes servía para ordenar el miedo, hoy sirve para administrar el incumplimiento. No se expulsa a 300 mil personas con una frase La migración irregular es un problema real, pero precisamente por eso no se resuelve con slogans. Para expulsar a una persona no basta con anunciarlo en campaña ni con levantar una consigna de autoridad.

Hay que identificarla, acreditar su situación migratoria, tramitar procedimientos administrativos o judiciales, coordinar con la Policía de Investigaciones, disponer recursos, contar con vuelos, establecer vínculos consulares y lograr que el país receptor acepte el retorno. Ese es el punto que la campaña de Kast comprimió hasta volverlo casi invisible. La frase “el primer día” borraba toda esa cadena de obstáculos y transmitía una idea sencilla: bastaba con voluntad política.

Pero gobernar no es lo mismo que hacer campaña. La realidad migratoria implica fronteras, consulados, documentación, presupuestos, acuerdos diplomáticos y estándares mínimos de debido proceso. El País informó en abril que el gobierno de Kast buscaba retomar relaciones consulares con Venezuela para avanzar en expulsiones, porque sin esa coordinación se dificulta la verificación de identidades y la emisión de salvoconductos.

La misma publicación consignó que existían más de 44 mil migrantes con órdenes de expulsión y que la capacidad presupuestaria para devoluciones era limitada, muy lejos de cualquier idea de expulsión masiva inmediata. Entonces, la pregunta es inevitable: si todo eso era necesario, ¿por qué se presentó la promesa como si dependiera solo de llegar a La Moneda? La promesa migratoria de Kast y la letra chica de la mano dura La promesa migratoria de Kast fue eficaz porque no hablaba solo de migración.

Hablaba de orden, autoridad, castigo y control. En un país cruzado por la inseguridad, la figura del migrante irregular fue usada como síntesis de un malestar mucho más amplio. Esa operación política no es nueva: convertir un problema complejo en un rostro identificable, el enemigo interno, siempre ha sido una herramienta poderosa para las derechas duras.

Pero esa eficacia tiene un costo. Cuando se promete expulsar a cientos de miles de personas “el primer día”, se instala una expectativa que después debe responder ante la ciudadanía. Y si el cumplimiento no llega, no basta con cambiar de diccionario.

No basta con decir que no era metáfora, sino hipérbole. No basta con pedir que la audiencia entienda que el mensaje no debía tomarse al pie de la letra. Porque durante la campaña sí fue útil que se tomara en serio.

Sí fue útil que sonara urgente. Sí fue útil que pareciera ejecutable. Sí fue útil que el electorado creyera que había un plan duro, rápido y decidido.

La trampa está ahí: literal para ganar votos, figurado para gobernar. Cuando la explicación agrava el problema La corrección de Kast no cierra la polémica. La agrava.

Al decir que la frase era una metáfora o una hipérbole, el Presidente no solo relativiza una promesa: también instala dudas sobre la seriedad de su propia oferta programática. ¿Era un plan? ¿Era una consigna?

¿Era una exageración calculada? ¿Era una forma de movilizar electoralmente el miedo? Desde La Moneda, Kast intenta presentar el asunto como un malentendido.

Pero el problema no está en que la ciudadanía haya “entendido mal el mensaje”. El problema es que el mensaje fue construido para ser entendido precisamente como señal de decisión inmediata. Si una frase se usa para ganar respaldo político, luego no puede ser tratada como un adorno literario sin consecuencias.

Más todavía cuando proviene del Presidente de la República. En democracia, las palabras presidenciales importan. Las promesas importan.

Las campañas importan. Y la confianza pública se resiente cuando aquello que se presentó como compromiso de gobierno pasa a ser reinterpretado como recurso retórico. No era un tropo: era una oferta de poder Kast no se equivocó en una clase de lenguaje.

Construyó una promesa dura, simple y emocionalmente eficaz sobre un tema sensible; la instaló como señal de autoridad; y luego, desde el poder, la desplazó hacia el terreno de las figuras retóricas. Pero una promesa presidencial no puede cambiar de estatuto después de la elección. Si era hipérbole, entonces fue una exageración usada para producir efecto político.

Si era metáfora, entonces nunca fue un compromiso literal. Y si nunca fue un compromiso literal, la pregunta que queda en el aire es brutal: ¿cuántos electores votaron creyendo que sí lo era? La promesa incumplida no desaparece porque ahora se la nombre de otra manera.

Sigue ahí, como recordatorio de una campaña que ofreció soluciones inmediatas para problemas que exigen algo bastante más serio que mano dura, frases efectistas y correcciones semánticas. Porque el punto de fondo no es si Kast quiso decir metáfora o hipérbole, esa es una discusión escolar. El punto es que una democracia no puede funcionar si las promesas presidenciales son literales para ganar votos, pero figuradas cuando llega la hora de cumplirlas.