La opinión de Carlos Osses, comentarista deportivo. O’Higgins compitió de igual a igual en el Morumbí, pero pagó caro su falta de eficacia frente a un rival que no perdonó. Hay derrotas que se explican fácil en el resultado.

Esta no. Porque lo de O’Higgins FC ante São Paulo FC no fue una historia de dominio ni de superioridad evidente. Fue, más bien, una historia de momentos… y de eficacia.

El partido se empezó a inclinar temprano. A los 7 u 8 minutos, una jugada bien construida entre Calleri y Luciano terminó con un zurdazo imposible para Carabalí. Un gol de esos que no necesitan muchas repeticiones para entenderse: control, asociación y definición.

Primer golpe. Y aun así, O’Higgins no se desordenó de inmediato. Al contrario.

Fue a buscar, presionó alto y tuvo una ocasión clarísima con Arnaldo Castillo, que llegó de frente al arco, pero se encontró con una buena salida del arquero. Ahí empezó a instalarse una sensación que acompañó todo el partido: se podía… pero no se concretaba. El segundo tiempo ofrecía una oportunidad.

El equipo salió con la intención de ir por el descuento, de meterse nuevamente en partido. Pero en ese mismo impulso, en ese momento donde el partido parecía abrirse, llegó el segundo golpe. Minuto 55.

Pared, otra vez participación de Luciano, y definición de Artur. Golazo. Y cuesta arriba.

Fueron, además, los minutos más delicados. O’Higgins se desordenó, dejó espacios y por un instante dio la sensación de que podía venirse una diferencia mayor. No ocurrió.

El equipo se recompuso, volvió a ordenarse y siguió buscando. Y eso también dice algo de este plantel. Pero el problema nunca fue la intención.

Un centro rasante que cruzó el área sin que nadie pudiera empujarla. Un gol en los minutos finales que terminó anulado por una falta previa muy fina. Remates, centros, desbordes.

O’Higgins lo intentó por todas las vías. Generó situaciones reales como para cambiar la historia. Pero la pelota no entró.

Y ahí es donde las palabras de Lucas Bovaglio toman sentido más allá de la frustración: “creamos seguramente más situaciones de riesgo… la pelota no quiso entrar”. No suena a excusa, suena a descripción. El propio técnico lo explicó con claridad: “fue determinante en los detalles finos la jerarquía del rival”.

Y ahí está la diferencia. Porque São Paulo no necesitó dominar, le bastó con resolver. Dos momentos bien jugados, dos goles.

Sin ruido, sin exceso, sin necesidad de mucho más. También hay una declaración que marca la identidad del equipo: “si tengo que jugar este partido nuevamente, lo plantearía exactamente igual”. Y eso no es menor.

Porque habla de convicción, de una idea que no se negocia, incluso en la derrota. O’Higgins no vino a defenderse. No se colgó del travesaño.

No rifó la pelota. Intentó jugar, se paró de igual a igual y buscó el partido hasta el final. Y eso, en este tipo de escenarios, tiene valor.

Pero también deja una tarea pendiente. Porque en el fútbol, y más aún en el plano internacional, no alcanza con competir bien. No alcanza con generar.

No alcanza con tener la sensación de que el partido estuvo ahí. Hay que convertir. Porque cuando no lo haces, aparece el castigo.

Y esta vez, aunque no fue superado, O’Higgins lo sintió completo.