Esto implica fortalecer metodologías activas, promover habilidades del siglo XXI y, sobre todo, integrar la salud mental como un componente estructural de la enseñanza. No como un programa aislado ni como un taller ocasional, sino como una dimensión cotidiana del aula. Para ello será clave fortalecer las capacidades de docentes y equipos directivos, quienes hoy enfrentan el desafío de enseñar contenidos y, al mismo tiempo, acompañar emocionalmente a sus estudiantes.
Si algo nos enseñó la pandemia es que la educación no ocurre solo en los cuadernos ni en las pruebas estandarizadas. Ocurre, sobre todo, en la confianza que un estudiante siente cuando aprende. Tal vez el verdadero desafío del Simce 2025 no sea subir algunos puntos más en Matemática.
Tal vez el desafío sea más profundo: construir escuelas donde aprender no duela. Porque cuando la escuela cuida la mente de sus estudiantes, el aprendizaje —simplemente— vuelve a florecer.