Cada vez que una guerra tensiona los mercados energéticos, el mundo vuelve a aprender la misma lección. La dependencia de combustibles fósiles importados no solo encarece la economía, sino que además la vuelve vulnerable. Por eso, las tecnologías verdes ya no deben verse únicamente como una respuesta ambiental, sino que también como una herramienta de seguridad económica, resiliencia productiva y autonomía estratégica.
Según datos de 2024 de la OMPI, en el mundo se presentaron 3,7 millones de solicitudes de patente, lo que marcó un récord histórico y un crecimiento de 4,9%. Al mismo tiempo, la Oficina Europea de Patentes informó que en 2025 recibió por primera vez más de 200 mil solicitudes. Dentro de ellas, el campo de maquinaria eléctrica, aparatos y energía alcanzó 16.
997 solicitudes, impulsado por el crecimiento de las tecnologías de baterías. En otras palabras, en un escenario de incertidumbre geopolítica, la innovación en energía, almacenamiento, electrificación y sustitución de combustibles fósiles gana centralidad económica. En un escenario de inseguridad, “la innovación en energía, electrificación y sustitución de combustibles fósiles gana centralidad económica”.
De acuerdo con el Ministerio de Energía, en 2022 el 56% del suministro energético primario del país provino de importaciones, mientras que los recursos fósiles representaron el 60% de la matriz energética primaria. Es decir, seguimos expuestos a shocks externos de precios, abastecimiento y estabilidad. Y no se trata de una discusión abstracta.
Hace apenas unos días, Chile suspendió la recepción de gas proveniente de Argentina por incumplimiento de los estándares de calidad exigidos en el país. El episodio fue acotado, pero volvió a poner de relieve la fragilidad de depender de insumos fósiles importados. Por eso, avanzar hacia tecnologías limpias no es solo un imperativo climático, sino también una decisión de política económica e industrial.
Chile tiene una oportunidad real, pues ocupa el lugar 51 en el Índice Mundial de Innovación 2025 y encabeza la región. A eso se suma su posición privilegiada para desarrollar hidrógeno verde y otras soluciones tecnológicas vinculadas a la transición energética. En paralelo, Inapi ha impulsado un programa acelerado de patentes verdes y ha participado en iniciativas de transferencia tecnológica vinculadas a tecnologías verdes.
La base existe, pero falta escalarla. Sin embargo, la transición verde no se juega solo en instalar proyectos: es clave capturar conocimiento, protegerlo y transformarlo en valor. Y ahí las patentes cumplen un papel decisivo, porque resguardan invenciones, facilitan licencias, atraen inversión, ayudan a escalar, ordenan mercados y fortalecen la posición negociadora de quienes desarrollan tecnología.
Por eso, si Chile quiere convertir sus ventajas naturales en desarrollo sostenible, y no solo en exportación, necesita una estrategia más ambiciosa en propiedad intelectual, más tecnología propia, patentamiento estratégico, licenciamiento y visión de largo plazo. En tiempos de guerra y combustibles caros, las patentes verdes dejan de ser un asunto de nicho y pasan a ser parte de la nueva política industrial del país.