A mediados de semana, el influyente “comunicador” neoconservador Tucker Carlson (Fox News) ha “formalmente” renegado de su “histórico” apoyo a Donald Trump, explicando que se disculpa “con el pueblo norteamericano” por haber contribuido a que este se convirtiera en presidente. Uno de los pilares de “la lógica” del MAGA (“Make America (Estados Unidos) Great Again”), Carlson dijo que “la gota que rebalsó el vaso” fue la directa intervención israelí en la decisión de Trump de atacar (nuevamente) a Irán, provocando “el cierre del Estrecho de Ormuz”, “encareciendo el combustible” y afectando el costo de vida de “la clase media”. Carlson ha sido acusado de “antisemita”, intentar “una cruzada” (en el sentido medieval) y propiciar un “pogrom” (persecución de judíos), y beneficiar al régimen de los ayatolas (sembrando división).

Sin embargo, apoyado por un creciente grupo de influyentes neoconservadores, Carlson precisó que su problema no es con “una etnia”, ni con una “religión” (“los judíos”), sino con un ente extranjero (administración Netanyahu) empeñado en intervenir en la política de su país. Lee también... Trump cancela viaje de negociadores a Pakistán: Afirmó que traslado es muy largo "para hablar de nada" Sábado 25 Abril, 2026 | 13:49 En la perspectiva de las elecciones parlamentarias de noviembre de 2026, lo anterior es importante, pues revela que parte del conservadurismo interpreta que “la guerra de Trump” no solo “no tiene relación directa con la seguridad del país”, sino que su costo debe ser absorbido por “el bolsillo” de contribuyentes/votantes.

Eso, además del enorme costo en vidas y derechos humanos en Irán, El Líbano y Gaza. Este último aspecto es significativo, en tanto que es manifestación expresa de que “el endoso” del Partido Conservador norteamericano a Israel comienza a mostrar “matices estructurales”. Este fenómeno intra-conservador ocurre -además- en el contexto de la polémica generada por la imagen de “Trump vestido de Jesús”, rodeado de aviones y soldados caucásicos norteamericanos, convertidos en “figuras angelicales”.

Aunque luego afirmó se trataba de la imagen de “un curador”, lo que se entendió es que con esa imagen Trump se postulaba como la “omnipotencia Divina”. Las disculpas no convencieron al “MAGA ultra religioso” (algunos identificaron al presidente con “el falso profeta”, “la bestia” y el “anticristo” del Apocalipsis de San Juan). El asunto se agravó cuando -oficiando de “pastor” en el Pentágono- su “Secretario de Guerra”, Peter Hegseth, leyera un pasaje del “Evangelio según Quentin Tarantino”, esto es, el diálogo de Samuel F.

Jackson en una escena de “Pulp Fiction” (en el que el actor afroamericano invoca a un “Dios vengador” para aniquilar a sus enemigos). Si bien, en términos “muy generales”, el diálogo de la película se basa en un pasaje del Libro del Profeta Isaías, el evidente “error de teología” puso a trasluz la superficialidad del “relato cristiano” de Trump y sus adláteres. Todo “muy ofensivo” para el “MAGA evangélico” del Estados Unidos “profundo”.

En ese mismo ambiente tuvo lugar la polémica creada por las acusaciones de Trump en contra del Papa León XIV, un nativo de Chicago a quien sindicó como “débil”, y acusó de “contribuir a la delincuencia”. Si el Papa y la Iglesia Católica evitaron escalar el impasse, ello no impidió que el componente católico del MAGA se declarara ofendido y que, a continuación, teorías sobre la salud mental del presidente terminaran “copando la agenda” de los medios y de las redes sociales. Si antes se especuló que, en política internacional, Trump práctica la “teoría del loco” (atribuida a Richard Nixon que en 1974 debió renunciar tras el escándalo Watergate), analistas y médicos de diverso signo siguen alertando que Trump manifiesta preocupantes señales de “decadencia cognitiva”.

Su incapacidad para comprender las complejísimas “externalidades” del “ataque combinado” con Israel sobre Irán se explican -según sus críticos- no solo en su “impulsividad”, sino en su incapacidad cognitiva para medir la gravedad de efectos colaterales que, como “el cierre del Estrecho de Ormuz”, tienen sus “decisiones personales” sobre la economía y la convivencia internacional. Compartiendo “la culpa”: España, el Reino Unido Toda vez que muy temprano en el conflicto de Ormuz fueron evidentes los límites del poder militar norteamericano (e israelí), Trump se empeñó en agravar la situación con mensajes de texto y declaraciones (erráticas) que, instantáneamente, fueron reflejadas en los índices de las principales bolsas de valores del mundo. Y aunque ahora algunos señalan que, empleando información privilegiada, ciertos actores “cercanos a Trump” pudieron haberse beneficiado de la confusión, lo cierto es que la “percepción in crescendo” apunta a -para decirlo en castizo- “Trump no está en sus cabales”.

En la medida que se acerca el límite de 60 días de los que dispone el presidente para continuar -sin informar al Congreso- su guerra en Irán (1 de mayo), su frustración aumenta. A pesar de que en varias ocasiones anunció, alternativamente, el “triunfo norteamericano” y la “derrota iraní”, en el mismo contexto acusó a la OTAN de “no contribuir” a la apertura del Estrecho de Ormuz. Más allá de las obvias contradicciones, la frustración del presidente con la OTAN extendió la “falla tectónica” que separa a Europa (y Canadá) de Estados Unidos.

Si es cierto que la principal queja de Trump es antigua (reticencia europea de cumplir con un gasto militar fijado -de común acuerdo- en 2%), en la actualidad -comenzando por los conceptos de “libertad individual”, “rol del Estado” y “derechos sociales”- las “diferencias de ideas” entre el mundo conservador norteamericano y el conjunto de “los europeos” (particularmente los más países desarrollados) son estructurales. En ese marco debe inscribirse la supuesta intención norteamericana de “suspender” a España de la OTAN, habida cuenta de la hostilidad militante del gobierno socialista de Pedro Sánchez. El Presidente del Gobierno español no solo condenó la guerra y se opuso al sobrevuelo de naves norteamericanas, sino que condicionó el uso de las bases militares norteamericanas en suelo español.

En contexto, sin embargo, el destinatario de tales medidas fue el “mercado interno”, habida cuenta que el “anti-imperialismo español” es, quizás, la única herramienta sobrante para impedir la dispersión de los votos de la izquierda que, comenzando por los independentismos “progresistas” catalán y vasco, ya recortaron la capacidad de gestión de Sánchez. Lee también... Irán amenaza con responder a EE.

UU. si mantiene el bloqueo naval Sábado 25 Abril, 2026 | 11:20 Acosado por varios casos de corrupción (incluido uno que involucra directamente a su esposa), Sánchez hizo concesiones a sectores de izquierda independentista y “super-progresista”, que tampoco impidieron la debacle del “sanchismo” en las recientes elecciones autonómicas en Aragón, Extremadura y Castilla la Mancha. Las encuestas señalan que, en la elección autonómica de Andalucía del próximo mayo, esa tendencia terminará por consolidarse.

Por lo mismo, “la guerra de Trump en Irán” (disculpas por la cacofonía), es uno de los pocos asuntos que aporta cierta unidad a la balcanizada izquierda española. No es posible determinar “la esperanza de vida del sanchismo”, pese a que líderes como Felipe González lo acusan de estar llevando al PSOE a su autodestrucción. Sánchez, por su parte, ya estableció que cumplirá con su legislatura (hasta 2027), lo cual pronostica “tormentas” para la relación bilateral con Estados Unidos.

Ese país no es, sin embargo, el único objeto de la frustración de Trump. En contexto histórico y político, el más importante es, sin duda, el Reino Unido. Trump ha renovado a dicho país el epíteto de “cobarde”, y lo ha amenazado con “más tarifas” y sanciones.

Todo, ad portas de una “visita de Estado” del Rey Carlos III a Washington (27 a 30 abril). El bajísimo nivel de las relaciones bilaterales ha motivado un intenso debate respecto de la conveniencia de esa visita real, habida cuenta el alto riesgo que para la dignidad del monarca (y por extensión del país) representa “la persona” del presidente norteamericano. El debate tiene también en cuenta que el telón de fondo de la visita es “el escándalo Epstein”, que no solo involucra al “expríncipe Andrés” (hermano del rey), sino también al propio Trump.

En el mismo embrollo se inscribe el caso del exembajador británico en Estados Unidos, Peter Mandelson, que en el Reino Unido gatilló un escándalo político de enormes proporciones. Tanto es así, que la mayoría de los analistas apuntan a que el primer ministro Keir Starmer debería -por su responsabilidad directa en “el caso Mandelson”- renunciar en mayo próximo. Trump y (“de carambola”) las Falkland/Malvinas Este es el trasfondo para la visita de Carlos III y, también, para el hipotético retiro (según un “memo” filtrado por un diario israelí) del apoyo norteamericano a la soberanía británica sobre las islas Falkland/Malvinas.

Si es así, entonces Estados Unidos pasaría a “entender” dicho complicadísimo asunto bajo el prisma de la “Doctrina Monroe 2. 0”, que además reclama a Groenlandia (territorio de la U. E.

) como parte del “hemisferio norteamericano”. El problema es, sin embargo, mucho más que cartográfico. Visto de cerca, se trataría de “un logro por default” de la política exterior del presidente Milei (que se convirtió al judaísmo y se declaró “el primer sionista”).

El presidente argentino no solo acompañó a Trump en su retiro de la OMS (con la carga ideológica que ello implica), sino que ofreció desplegar tropas para una teórica invasión norteamericana de Irán. Lee también... Gobierno de Milei contraataca y reafirma soberanía argentina de las Malvinas en respuesta a R.

Unido Viernes 24 Abril, 2026 | 17:02 A pesar de que -instantáneamente- el gobierno británico reafirmó su soberanía sobre el archipiélago, se trata de “un hito” para “la Causa de Malvinas”. En ese marco, constatamos un “hecho político” igual de importante que el “apoyo político chileno” al reclamo argentino sobre “los espacios marítimos circundantes” a esas (y otras) islas. Estamos en presencia de un asunto con profundas implicancias para la geopolítica del Cono Sur en general, y para la Zona Austral en especial (incluido el Estrecho de Magallanes).

Por lo mismo, mucho más allá de que si Trump está o no “loco y/o senil”, debemos reconocer que sus decisiones (especialmente las improvisadas que reflejan un “estado de ánimo”) tienen gigantesco “poder sísmico”. Desde esa constatación, tan importante como mantener una relación fluida con su gobierno, conviene estar alertas a procesos y circunstancias que, como el aludido apoyo norteamericano a la “Causa de Malvinas”, podrían tener efectos e impactos materiales, cuantificables y permanentes sobre nuestro propio interés nacional.