Más allá de los síntomas digestivos, la enfermedad celíaca puede manifestarse de forma silenciosa. “Muchos pacientes presentan signos derivados de la mala absorción, como anemia, osteoporosis, fatiga crónica o cansancio generalizado, que no siempre se relacionan de inmediato con un problema intestinal”, dice Ponce en el Día Internacional del Celíaco (5 de mayo). Por eso, ante la persistencia de estos cuadros y especialmente si existen antecedentes familiares, la recomendación es avanzar hacia un diagnóstico médico oportuno.
El principal examen para detectar la enfermedad es la medición en sangre del anticuerpo antitransglutaminasa tisular IgA (tTG-IgA). “Este anticuerpo se expresa cuando la persona con enfermedad celíaca está consumiendo gluten, y el test tiene alta sensibilidad y especificidad. Para evitar falsos negativos, también se evalúa el nivel total de IgA”, detalla la académica UNAB.
En casos positivos, el diagnóstico se confirma mediante una biopsia del intestino delgado, donde es posible observar la atrofia de las microvellosidades intestinales, característica de esta patología. Vivir sin gluten, una necesidad médica Detectar a tiempo la enfermedad celíaca permite iniciar un tratamiento efectivo basado en una dieta estricta libre de gluten, única terapia disponible hasta ahora para controlar la enfermedad. Esta intervención no solo contribuye a disminuir los síntomas digestivos, sino que también favorece la recuperación de la mucosa intestinal y mejora la absorción de nutrientes esenciales.
Sin embargo, mantener una alimentación libre de gluten no es solo una elección dietética, sino un cambio profundo en el estilo de vida. Implica leer etiquetas con atención, evitar la contaminación cruzada y adaptarse a un entorno social donde el gluten está ampliamente presente. En este contexto, el acompañamiento de profesionales de la salud —como médicos y nutricionistas— resulta fundamental para asegurar una dieta equilibrada y evitar deficiencias nutricionales.
Además, la educación tanto del paciente como de su entorno cercano cumple un rol clave. Comprender la enfermedad, identificar alimentos seguros y promover espacios inclusivos son aspectos esenciales para mejorar la adherencia al tratamiento y la calidad de vida. Un diagnóstico oportuno no solo alivia síntomas, sino que previene complicaciones a largo plazo como osteoporosis, infertilidad o trastornos neurológicos, reforzando la importancia de consultar a tiempo ante señales persistentes.